LAS VUELTAS DE LA VIDA.
“Mozo, la cuenta por favor”,
quebró el silencio, adormecido por la noche y algún que otro trago
de más. Y junto con la cuenta iba llegando un nuevo día que trataba
de esconder la aguja del minutero detrás de la chiquitita justo a
las doce en punto en el reloj del bar. Cualquiera se habría dado por
satisfecho con sólo fijar en mente ese detalle trivial como mero
espectador del inevitable paso del tiempo, como un afortunado
observador del mismísimo momento del cambio del día que se
transformó en historia, o tal vez, este hecho tan cotidiano
disparara en alguien pensamientos un tanto más elaborados, como la
división en husos horarios, el mecanismo interno de los relojes o el
fundamento perfecto de que se había hecho tarde.
Pero en cambio él se
emocionó. Sintió ese cosquilleo en la boca del estómago y esa
rigidez muscular que lo hizo temblar por un segundo, glorioso momento
en que también el segundero se eclipsó con las otras agujas. No fue
un disparo sino un tiroteo de elucubraciones mentales que
reaccionaban en cadena, llegando a lugares insospechados y distantes
del origen. Todo potenciado por la emoción que lo invadía sin
resistencia, Chaco.
Comenzó a transitar por
sus propios pensamientos como si fueran cayendo decorados a su paso,
ambientando cada una de sus fantasías, incluyendo la isla y a Tatú.
Fue tal la emoción al
ver el avión que salió hecho un loco a contárselo al Jefe. Este no
se conmovió en absoluto. Tal vez fuera razón suficiente el hecho de
que aquella mañana se había despertado con un terrible dolor de
cabeza. O quizá el modo abrupto y torpe en el que irrumpió en su
despacho Tatú con la noticia. Aunque lo cierto es que él sabía
perfectamente, y era consiente a esas horas de la mañana, de que era
viernes, y que todos los malditos viernes llegaba un nuevo
contingente de turistas a las islas.
Pero ese no era un
viernes como otros, ni los pasajeros esta vez eran tan
intrascendentes como para no saltar de su cómodo sillón de cuerina
e ir a recibir a un sinnúmero de personalidades famosas. Y Tatú lo
sabía perfectamente, para él esta era una oportunidad única para
catapultarse a la fama. Que algún productor viera en él sus
capacidades actorales y apadrinara una floreciente carrera en
Hollywood, o al menos en Indianápolis.
Lo difícil fue ubicar
en esa gran ciudad un zapatero lo suficientemente bueno como para
agregar el suplemento necesario para la suela de la bota antiflama.
El ya se sentía cómodo caminando con ellas por los boxes, pero el
problema era llegar a la pedalera con tan poca estatura.
-“ Si Mahoma no va a
la montaña que la montaña venga a Mahoma”, dijo el flamante
representante de Tatú, el mismísimo Niki Lauda, que a decir verdad
ya lo venía apadrinando hacía casi diez años, después de que éste
dejara la isla un viernes de 1977, aunque seguía flamante luego de
su famoso y desafortunado accidente automovilístico.
Finalmente el día había
llegado. Casi diez años de su vida entrenándose para un debut digno
y lleno de expectativas. La máquina y el hombre. Debajo, el asfalto
ardiente. Arriba, un sol de mediodía que enviaba lanzas de fuego. El
penetrante olor a combustión, que llegaba a sus sentidos como un
mensajero del poder que tenía en sus pies, puestos en esos bellos
altares de goma liviana diseñados especialmente. El sudor empañando
el visor de su casco, que apenas sobrepasaba el tablero de
instrumentos. La luz roja que despertaba la pasión como un torrente
sanguíneo desbordante. Esperando como espera un pura sangre en la
gatera esa luz verde. El verde de la esperanza. La esperanza de
poderle demostrar a todos y sobre todas las cosas a él mismo que era
capaz. Que él sabía correr y que lo iba a hacer. Y no lo dudó ni
un segundo.
Cuando la luz verde
finalmente se encendió, la silueta de Tatú todavía no había
desaparecido en el horizonte gracias a la sobresuela de sus botas
antiflama. Aunque si es cierto que lo demoraron un poco para cruzar
los alambrados de los cercos perimetrales de la pista.
-“¡Volvé la puta que
te parió!”, llegó a decir Niki Lauda atragantado en su propia
ira.
-“¡Te di casi diez
años de mi vida y así me los pagas!”, agregó.
-“No somos nada”,
concluyó.
Cuando llegaron al auto
encontraron una escobilla de baño que ingeniosamente sostenía en
alto el casco que fuera del ex piloto, un sobre cerrado con la
leyenda “ PARA NIKI ”, una bolsita desodorante para automóviles
con aroma a cítricos, unas cáscaras de maní y un pedazo de goma
liviana atorada entre el pedal del freno y el del acelerador.
Al abrir la carta, y
luego de analizar minuciosamente cada renglón, el señor Lauda
exclamó: -“¡Mozo!. Una brochette de pollo por favor”.
-“El señor la va a
querer acompañar con alguna bebida, ¿puedo recomendarle algún
vino?”, sugirió el mozo.
-“¿Vino de la casa?”.
-“Me temo que no señor
Lauda”, replicó el mesero. -“Vengo de la cocina”, aclaró.
-“Bien, en tal caso
alguna bebida cola”, colaboró Niki.
-“Lamento informarle
que no nos queda más”, masculló el mozo.
-“No hay cuidado, las
carnes blancas con vino blanco se comen”, comentó.
-“Es cierto señor
Lauda, pero a estas horas es poco lo que puedo ofrecerle para
acompañar esa brochette en su boca”, vocalizó el hombre de moño
negro que, luego de una ardua jornada de trabajo iba transformándose
en el demonio negro.
-“Y qué hay de una
bebida algo más espirituosa como un cognac, una grapa, un oporto”,
oportunamente sugirió el comensal.
-“Sólo agua”,
aguardó rígidamente el mozo la aceptación o el rechazo de la única
oferta de bebida.
-“¡Pregúntele a la
brochette!”, bromeó Niki Lauda, tratando de distender con su
comicidad los músculos de la mano ya cerrada en forma de puño del
mesero.
La puerta vaivén quedó
mareándose a su paso mientras miraba atento su reloj, de una afamada
marca, que sentenciaba a ese día a una hora más de vida.
-“Sacáme una
brochette de pollo, rapidito”, pidió el mesero al cocinero quien a
su vez consultó primero al verdulero y luego al carnicero. El
primero dio por verdadero que por mero azar, tenía lo necesario,
aunque medio fulero. Pero el carnicero fue sincero con el cocinero y
vaciando el cenicero en el basurero fue certero como jugando al
balero y sonó cual sonajero: -“No hay pollo”.
-“¿Cómo que no hay
pollo?”, preguntó el cheff reconocido internacionalmente, no tanto
por su labor culinaria sino por su mal genio, lo que lo había
inducido al homicidio de varios de sus colaboradores.
-“Ehh...a
ver...esperemé un segundito...sí, creo que para una brochette va a
alcanzar”, y estirando el brazo dentro de la heladera sacó de un
envoltorio ensangrentado las que parecían ser cuatro alitas de pollo
que, a juzgar por su apariencia, habrían dejado de ejercer su
función dinámica hacía ya mucho tiempo.
Minutos después
irrumpió desde la cocina el camarero que, acomodándose con una de
sus manos el cabello peinado a la gomina, de una afamada marca,
colocaba en la mesa una brochette de pollo y un vaso de whisky
importado de una afamada marca.
Y después de entregarse
más al acompañamiento que al plato fuerte, y de recapitular tantos
momentos de su vida al igual que otros tanto de bajada, Niki Lauda,
el hombre veloz, como si aún estuviera al mando de su potente
máquina de carreras y cada vuelta a un circuito de los tantos que
había transitado fueran las vueltas que tiene la vida, bajó su
propia bandera a cuadros con el blanco de la luna y el negro que
reinaba en la medianoche y sentenció mirando el reloj del bar:
-“Mozo, la cuenta por favor”.
FIN.