miércoles, 26 de febrero de 2014

Poesía estival infantil

¡Cómo me gusta el campo!


¡Cómo me gusta el campo!
me llevan un mes al año,
mis amigas en la playa
y yo contando el rebaño.

¡Cómo me gusta el campo!
todos los días de asado,
ni pochoclo, ni maní, ni galletitas
porque no hay supermercado.

¡Cómo me gusta el campo!
corriendo y saltando no extraño,
pisando de las vaquitas
lo que yo hago en el baño.

¡Cómo me gusta el campo!
a la noche que está más fresquito
cuando mi mamá me sopla
las ronchas de los mosquitos.

¡Cómo me gusta el campo!
traería a todos mis amiguitos
y volvería a mi casa

para ver los dibujitos.

domingo, 23 de febrero de 2014

Las vueltas de la vida

LAS VUELTAS DE LA VIDA.



“Mozo, la cuenta por favor”, quebró el silencio, adormecido por la noche y algún que otro trago de más. Y junto con la cuenta iba llegando un nuevo día que trataba de esconder la aguja del minutero detrás de la chiquitita justo a las doce en punto en el reloj del bar. Cualquiera se habría dado por satisfecho con sólo fijar en mente ese detalle trivial como mero espectador del inevitable paso del tiempo, como un afortunado observador del mismísimo momento del cambio del día que se transformó en historia, o tal vez, este hecho tan cotidiano disparara en alguien pensamientos un tanto más elaborados, como la división en husos horarios, el mecanismo interno de los relojes o el fundamento perfecto de que se había hecho tarde.
Pero en cambio él se emocionó. Sintió ese cosquilleo en la boca del estómago y esa rigidez muscular que lo hizo temblar por un segundo, glorioso momento en que también el segundero se eclipsó con las otras agujas. No fue un disparo sino un tiroteo de elucubraciones mentales que reaccionaban en cadena, llegando a lugares insospechados y distantes del origen. Todo potenciado por la emoción que lo invadía sin resistencia, Chaco.
Comenzó a transitar por sus propios pensamientos como si fueran cayendo decorados a su paso, ambientando cada una de sus fantasías, incluyendo la isla y a Tatú.
Fue tal la emoción al ver el avión que salió hecho un loco a contárselo al Jefe. Este no se conmovió en absoluto. Tal vez fuera razón suficiente el hecho de que aquella mañana se había despertado con un terrible dolor de cabeza. O quizá el modo abrupto y torpe en el que irrumpió en su despacho Tatú con la noticia. Aunque lo cierto es que él sabía perfectamente, y era consiente a esas horas de la mañana, de que era viernes, y que todos los malditos viernes llegaba un nuevo contingente de turistas a las islas.
Pero ese no era un viernes como otros, ni los pasajeros esta vez eran tan intrascendentes como para no saltar de su cómodo sillón de cuerina e ir a recibir a un sinnúmero de personalidades famosas. Y Tatú lo sabía perfectamente, para él esta era una oportunidad única para catapultarse a la fama. Que algún productor viera en él sus capacidades actorales y apadrinara una floreciente carrera en Hollywood, o al menos en Indianápolis.
Lo difícil fue ubicar en esa gran ciudad un zapatero lo suficientemente bueno como para agregar el suplemento necesario para la suela de la bota antiflama. El ya se sentía cómodo caminando con ellas por los boxes, pero el problema era llegar a la pedalera con tan poca estatura.
-“ Si Mahoma no va a la montaña que la montaña venga a Mahoma”, dijo el flamante representante de Tatú, el mismísimo Niki Lauda, que a decir verdad ya lo venía apadrinando hacía casi diez años, después de que éste dejara la isla un viernes de 1977, aunque seguía flamante luego de su famoso y desafortunado accidente automovilístico.
Finalmente el día había llegado. Casi diez años de su vida entrenándose para un debut digno y lleno de expectativas. La máquina y el hombre. Debajo, el asfalto ardiente. Arriba, un sol de mediodía que enviaba lanzas de fuego. El penetrante olor a combustión, que llegaba a sus sentidos como un mensajero del poder que tenía en sus pies, puestos en esos bellos altares de goma liviana diseñados especialmente. El sudor empañando el visor de su casco, que apenas sobrepasaba el tablero de instrumentos. La luz roja que despertaba la pasión como un torrente sanguíneo desbordante. Esperando como espera un pura sangre en la gatera esa luz verde. El verde de la esperanza. La esperanza de poderle demostrar a todos y sobre todas las cosas a él mismo que era capaz. Que él sabía correr y que lo iba a hacer. Y no lo dudó ni un segundo.
Cuando la luz verde finalmente se encendió, la silueta de Tatú todavía no había desaparecido en el horizonte gracias a la sobresuela de sus botas antiflama. Aunque si es cierto que lo demoraron un poco para cruzar los alambrados de los cercos perimetrales de la pista.
-“¡Volvé la puta que te parió!”, llegó a decir Niki Lauda atragantado en su propia ira.
-“¡Te di casi diez años de mi vida y así me los pagas!”, agregó.
-“No somos nada”, concluyó.
Cuando llegaron al auto encontraron una escobilla de baño que ingeniosamente sostenía en alto el casco que fuera del ex piloto, un sobre cerrado con la leyenda “ PARA NIKI ”, una bolsita desodorante para automóviles con aroma a cítricos, unas cáscaras de maní y un pedazo de goma liviana atorada entre el pedal del freno y el del acelerador.
Al abrir la carta, y luego de analizar minuciosamente cada renglón, el señor Lauda exclamó: -“¡Mozo!. Una brochette de pollo por favor”.
-“El señor la va a querer acompañar con alguna bebida, ¿puedo recomendarle algún vino?”, sugirió el mozo.
-“¿Vino de la casa?”.
-“Me temo que no señor Lauda”, replicó el mesero. -“Vengo de la cocina”, aclaró.
-“Bien, en tal caso alguna bebida cola”, colaboró Niki.
-“Lamento informarle que no nos queda más”, masculló el mozo.
-“No hay cuidado, las carnes blancas con vino blanco se comen”, comentó.
-“Es cierto señor Lauda, pero a estas horas es poco lo que puedo ofrecerle para acompañar esa brochette en su boca”, vocalizó el hombre de moño negro que, luego de una ardua jornada de trabajo iba transformándose en el demonio negro.
-“Y qué hay de una bebida algo más espirituosa como un cognac, una grapa, un oporto”, oportunamente sugirió el comensal.
-“Sólo agua”, aguardó rígidamente el mozo la aceptación o el rechazo de la única oferta de bebida.
-“¡Pregúntele a la brochette!”, bromeó Niki Lauda, tratando de distender con su comicidad los músculos de la mano ya cerrada en forma de puño del mesero.
La puerta vaivén quedó mareándose a su paso mientras miraba atento su reloj, de una afamada marca, que sentenciaba a ese día a una hora más de vida.
-“Sacáme una brochette de pollo, rapidito”, pidió el mesero al cocinero quien a su vez consultó primero al verdulero y luego al carnicero. El primero dio por verdadero que por mero azar, tenía lo necesario, aunque medio fulero. Pero el carnicero fue sincero con el cocinero y vaciando el cenicero en el basurero fue certero como jugando al balero y sonó cual sonajero: -“No hay pollo”.
-“¿Cómo que no hay pollo?”, preguntó el cheff reconocido internacionalmente, no tanto por su labor culinaria sino por su mal genio, lo que lo había inducido al homicidio de varios de sus colaboradores.
-“Ehh...a ver...esperemé un segundito...sí, creo que para una brochette va a alcanzar”, y estirando el brazo dentro de la heladera sacó de un envoltorio ensangrentado las que parecían ser cuatro alitas de pollo que, a juzgar por su apariencia, habrían dejado de ejercer su función dinámica hacía ya mucho tiempo.
Minutos después irrumpió desde la cocina el camarero que, acomodándose con una de sus manos el cabello peinado a la gomina, de una afamada marca, colocaba en la mesa una brochette de pollo y un vaso de whisky importado de una afamada marca.
Y después de entregarse más al acompañamiento que al plato fuerte, y de recapitular tantos momentos de su vida al igual que otros tanto de bajada, Niki Lauda, el hombre veloz, como si aún estuviera al mando de su potente máquina de carreras y cada vuelta a un circuito de los tantos que había transitado fueran las vueltas que tiene la vida, bajó su propia bandera a cuadros con el blanco de la luna y el negro que reinaba en la medianoche y sentenció mirando el reloj del bar: -“Mozo, la cuenta por favor”.








                                                                                 FIN.

sábado, 22 de febrero de 2014

Bienvenidos a este espacio que me permito para lanzar cosas a la nada, y a la vez, a todas partes. Como una suerte de bengala en el microcentro de una gran ciudad, que tal vez pase desapercibida, o llame la atención de algunos o muchos.
Claro que si uno ya se arma de una interesante carga de fuegos de artificio, elige un lindo marco, una hora adecuada (si es de noche mejor) va a tener más videntes, por llamarles de una manera.
Pero en realidad no busco público, ni reconocimiento, ni aplausos. Si generar algo, reciclar pensamientos, cultivando principalmente la idiotez humana, motor de tantas tragedias cuando se emplea inconcientemente pero madre de tantos momentos de gloria y generadora de felicidad cuando se es intencionadamente idiota.
Siendo el humano el ser dotado con el mayor grado de inteligencia de todo ser viviente sobre la faz de la Tierra, no admito que alguien me discuta que la raza humana no es la que se desempeña con el mayor grado de idiotez. Una ameba cruza la existencia con más códigos y se desenvuelve a lo largo de su vida, lo que dure, con mayor coherencia que nosotros.
Sólo nos falta el valor para admitirlo y creo que nadie lo hace porque en el fondo sabe que no arregla nada, ya estamos sentenciados con una piedra de historia atada al cuello y cada eslabón de la cadena que nos une a esa piedra es cada ser humano que pasó por este mundo y contribuyó a alargar esa cadena de idiotas. Y quienes estamos vivos hoy vamos a ser otro eslabón, ya se encargaron de pasarnos por esa matriz y forjarnos con la forma perfecta para encajar, y nosotros hacemos lo mismo con las futuras generaciones y así, y así, y así...
Pero el paraíso existe.
Y Dios también existe, y la libertad y el placer y la felicidad y el amor.
A través de un dispositivo personal implantado en cada ser vivo, el cual tiene capacidad de ser editado por el usuario de una forma sencilla, rápida e intuitiva, uno percibe y procesa lo que en adelante llamaremos "realidad". En el humano se encuentra en una cavidad ósea en lo más alto de su ser, en algo llamado cerebro. Muchos hombres y mujeres de ciencia empeñan sus vidas  en demostrar en que porción del cerebro se encuentra este dispositivo. Otros tantos se entregan a éstos para develar la incógnita y la gran masa del pueblo mete tácita presión alegando que: cómo con el avance de la tecnología todavía no sabemos marcarnos con el dedito el lugar donde pensamos o donde está el alma y cuanto pesa.
Acá, creo yo modestamente, está la salvación de nuestra especie, en este dispositivo. Evidentemente se complica poner una suerte de manual en el útero materno. No podemos tratar con el fabricante directo, ni resetearlo a modo bebé, y es altamente influenciable por la placa madre donde está implantado. Así la "realidad" se vuelve caótica, y llena de valores falseados. Los pilares aparentemente sólidos donde construimos nuestra vida son de materiales inestables, pasibles de ser erosionados por simples pensamientos. Y nos pasamos el tiempo remendando con justificaciones que emparchen los muros de nuestra realidad para un rato después romper a martillazos una viga por las nuevas tendencias de la realidad "loft" que es ultimo grito en Europa.
Pero la realidad no es una sola. Existe una realidad por cada ser viviente en el Universo. Somos dueños de nuestra realidad. Lo dificil es impermeabilizarla de la realidad ajena, pero no imposible. Porque el contagio no es viral ni bacteriano. No son esporas de realidades ajenas que atacan directamente a nuestros sentidos involuntariamente y nos enferman. Es nuestro propio cerebro. Y eso queda cerca y es medicable, sólo con pensamientos propios, sin contraindicaciones y gratuito.
Por eso apoyo tanto la idiotez, es lo más cercano a perder la mochila de la conciencia adulta, responsable y criteriosa pero adquirida, no propia de primera mano.
En este blog encontrarán sólo cosas de mí realidad, cañitas voladoras tiradas al cyberespacio que tal vez iluminen el alma de alguien.
Nos vemos pronto.

Toti Gioia