domingo, 23 de febrero de 2014

Las vueltas de la vida

LAS VUELTAS DE LA VIDA.



“Mozo, la cuenta por favor”, quebró el silencio, adormecido por la noche y algún que otro trago de más. Y junto con la cuenta iba llegando un nuevo día que trataba de esconder la aguja del minutero detrás de la chiquitita justo a las doce en punto en el reloj del bar. Cualquiera se habría dado por satisfecho con sólo fijar en mente ese detalle trivial como mero espectador del inevitable paso del tiempo, como un afortunado observador del mismísimo momento del cambio del día que se transformó en historia, o tal vez, este hecho tan cotidiano disparara en alguien pensamientos un tanto más elaborados, como la división en husos horarios, el mecanismo interno de los relojes o el fundamento perfecto de que se había hecho tarde.
Pero en cambio él se emocionó. Sintió ese cosquilleo en la boca del estómago y esa rigidez muscular que lo hizo temblar por un segundo, glorioso momento en que también el segundero se eclipsó con las otras agujas. No fue un disparo sino un tiroteo de elucubraciones mentales que reaccionaban en cadena, llegando a lugares insospechados y distantes del origen. Todo potenciado por la emoción que lo invadía sin resistencia, Chaco.
Comenzó a transitar por sus propios pensamientos como si fueran cayendo decorados a su paso, ambientando cada una de sus fantasías, incluyendo la isla y a Tatú.
Fue tal la emoción al ver el avión que salió hecho un loco a contárselo al Jefe. Este no se conmovió en absoluto. Tal vez fuera razón suficiente el hecho de que aquella mañana se había despertado con un terrible dolor de cabeza. O quizá el modo abrupto y torpe en el que irrumpió en su despacho Tatú con la noticia. Aunque lo cierto es que él sabía perfectamente, y era consiente a esas horas de la mañana, de que era viernes, y que todos los malditos viernes llegaba un nuevo contingente de turistas a las islas.
Pero ese no era un viernes como otros, ni los pasajeros esta vez eran tan intrascendentes como para no saltar de su cómodo sillón de cuerina e ir a recibir a un sinnúmero de personalidades famosas. Y Tatú lo sabía perfectamente, para él esta era una oportunidad única para catapultarse a la fama. Que algún productor viera en él sus capacidades actorales y apadrinara una floreciente carrera en Hollywood, o al menos en Indianápolis.
Lo difícil fue ubicar en esa gran ciudad un zapatero lo suficientemente bueno como para agregar el suplemento necesario para la suela de la bota antiflama. El ya se sentía cómodo caminando con ellas por los boxes, pero el problema era llegar a la pedalera con tan poca estatura.
-“ Si Mahoma no va a la montaña que la montaña venga a Mahoma”, dijo el flamante representante de Tatú, el mismísimo Niki Lauda, que a decir verdad ya lo venía apadrinando hacía casi diez años, después de que éste dejara la isla un viernes de 1977, aunque seguía flamante luego de su famoso y desafortunado accidente automovilístico.
Finalmente el día había llegado. Casi diez años de su vida entrenándose para un debut digno y lleno de expectativas. La máquina y el hombre. Debajo, el asfalto ardiente. Arriba, un sol de mediodía que enviaba lanzas de fuego. El penetrante olor a combustión, que llegaba a sus sentidos como un mensajero del poder que tenía en sus pies, puestos en esos bellos altares de goma liviana diseñados especialmente. El sudor empañando el visor de su casco, que apenas sobrepasaba el tablero de instrumentos. La luz roja que despertaba la pasión como un torrente sanguíneo desbordante. Esperando como espera un pura sangre en la gatera esa luz verde. El verde de la esperanza. La esperanza de poderle demostrar a todos y sobre todas las cosas a él mismo que era capaz. Que él sabía correr y que lo iba a hacer. Y no lo dudó ni un segundo.
Cuando la luz verde finalmente se encendió, la silueta de Tatú todavía no había desaparecido en el horizonte gracias a la sobresuela de sus botas antiflama. Aunque si es cierto que lo demoraron un poco para cruzar los alambrados de los cercos perimetrales de la pista.
-“¡Volvé la puta que te parió!”, llegó a decir Niki Lauda atragantado en su propia ira.
-“¡Te di casi diez años de mi vida y así me los pagas!”, agregó.
-“No somos nada”, concluyó.
Cuando llegaron al auto encontraron una escobilla de baño que ingeniosamente sostenía en alto el casco que fuera del ex piloto, un sobre cerrado con la leyenda “ PARA NIKI ”, una bolsita desodorante para automóviles con aroma a cítricos, unas cáscaras de maní y un pedazo de goma liviana atorada entre el pedal del freno y el del acelerador.
Al abrir la carta, y luego de analizar minuciosamente cada renglón, el señor Lauda exclamó: -“¡Mozo!. Una brochette de pollo por favor”.
-“El señor la va a querer acompañar con alguna bebida, ¿puedo recomendarle algún vino?”, sugirió el mozo.
-“¿Vino de la casa?”.
-“Me temo que no señor Lauda”, replicó el mesero. -“Vengo de la cocina”, aclaró.
-“Bien, en tal caso alguna bebida cola”, colaboró Niki.
-“Lamento informarle que no nos queda más”, masculló el mozo.
-“No hay cuidado, las carnes blancas con vino blanco se comen”, comentó.
-“Es cierto señor Lauda, pero a estas horas es poco lo que puedo ofrecerle para acompañar esa brochette en su boca”, vocalizó el hombre de moño negro que, luego de una ardua jornada de trabajo iba transformándose en el demonio negro.
-“Y qué hay de una bebida algo más espirituosa como un cognac, una grapa, un oporto”, oportunamente sugirió el comensal.
-“Sólo agua”, aguardó rígidamente el mozo la aceptación o el rechazo de la única oferta de bebida.
-“¡Pregúntele a la brochette!”, bromeó Niki Lauda, tratando de distender con su comicidad los músculos de la mano ya cerrada en forma de puño del mesero.
La puerta vaivén quedó mareándose a su paso mientras miraba atento su reloj, de una afamada marca, que sentenciaba a ese día a una hora más de vida.
-“Sacáme una brochette de pollo, rapidito”, pidió el mesero al cocinero quien a su vez consultó primero al verdulero y luego al carnicero. El primero dio por verdadero que por mero azar, tenía lo necesario, aunque medio fulero. Pero el carnicero fue sincero con el cocinero y vaciando el cenicero en el basurero fue certero como jugando al balero y sonó cual sonajero: -“No hay pollo”.
-“¿Cómo que no hay pollo?”, preguntó el cheff reconocido internacionalmente, no tanto por su labor culinaria sino por su mal genio, lo que lo había inducido al homicidio de varios de sus colaboradores.
-“Ehh...a ver...esperemé un segundito...sí, creo que para una brochette va a alcanzar”, y estirando el brazo dentro de la heladera sacó de un envoltorio ensangrentado las que parecían ser cuatro alitas de pollo que, a juzgar por su apariencia, habrían dejado de ejercer su función dinámica hacía ya mucho tiempo.
Minutos después irrumpió desde la cocina el camarero que, acomodándose con una de sus manos el cabello peinado a la gomina, de una afamada marca, colocaba en la mesa una brochette de pollo y un vaso de whisky importado de una afamada marca.
Y después de entregarse más al acompañamiento que al plato fuerte, y de recapitular tantos momentos de su vida al igual que otros tanto de bajada, Niki Lauda, el hombre veloz, como si aún estuviera al mando de su potente máquina de carreras y cada vuelta a un circuito de los tantos que había transitado fueran las vueltas que tiene la vida, bajó su propia bandera a cuadros con el blanco de la luna y el negro que reinaba en la medianoche y sentenció mirando el reloj del bar: -“Mozo, la cuenta por favor”.








                                                                                 FIN.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

No lustre ni embarre, sea realista