Botánica
aplicada.
Somos
hojas de un árbol que no crece, que empezó a marchitar hace tiempo.
Somos su alimento y a la vez él nos alimenta; pero esa sincronía
terminó.
Siendo el destino
final, como fatal desenlace, el caer al suelo ya inertes, al menos
nuestro cuerpo sirva de alimento para acrecentar las raíces aunque
sea en forma de recuerdo, algo intangible pero mucho más nutritivo
que muchos minerales. Le quitaremos un peso, seremos la poda que se
sacrifica para darle fuerzas. Pero cuidado, cada hoja es un ser. Un
ser capaz de sufrir cambios para adaptarse como lo hizo el cactus. Un
ser capaz de alimentar la flor que se transforme en fruto y así
intentar ser nosotros mismos un árbol dentro de esta selva, donde
sólo algunos llegan a la luz y lo cubren todo.
¡¿Pero
qué importa?! ¿Por qué no ver nuestras propias raíces y así
proyectar nuestro follaje? ¿Qué árbol con raíces tan poco
profundas y en cambio tan disgregadas y superficiales pretende
soportar el peso de llegar tan alto? ¿O acaso no nos identificamos
con el ombú?
Tal vez necesitemos
aprender a ser en conjunto una hierba admirable y no un pequeño
árbol de hojas caducas.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
No lustre ni embarre, sea realista